Sin ánimo de generalizar, ya que caeríamos en un grave error, lo cierto es que hay que ser conscientes de algún que otro hecho verídico en relación a la implantación del islam en Occidente. La poca integración de la actual inmigración musulmana en Alemania, comparada con la buena integración de la que emigró en los años setenta, es buena muestra de que algo está cambiando. Viene esto a raíz de la creación de un partido musulmán en España, que quiere presentarse a las elecciones municipales.

Como población por debajo del 2%, está vista como una minoría amante de la paz, y no como una amenaza hacia los demás ciudadanos. Según los expertos, cuando alcanza entre el 2% y el 5%, los musulmanes comienzan con el proselitismo entre otras minorías étnicas, a menudo con reclutamientos considerables en cárceles y entre las bandas callejeras, como está ocurriendo en Dinamarca, 2%; Alemania, 3,7%; Reino Unido, 2,7%; o España: 4% de musulmanes.

A partir del 5% de población musulmana, estos ejercen una influencia desorbitada con respecto al porcentaje de población que representan, insistiendo en la introducción de los alimentos halal (limpios de acuerdo a los preceptos islámicos) y las presiones sobre las cadenas de supermercados para que muestren alimentos halal en sus estanterías. Esto está ocurriendo en Francia, 8%; Suecia, 5%; o Suiza, 4,3% de musulmanes.

Llegados a este punto, trabajarán para que la autoridad les permita que ellos mismos se regulen bajo la sharia, la ley islámica. Según va creciendo su población en cada país, intentarán establecer la sharia generalizada, lo que consiguen a partir de ser más del 50% de la población.

Los buenos musulmanes, que los hay y muchos, son presionados y radicalizados por sus imanes, que penetran en sus barrios y en sus casas para controlar sus vidas y las de sus hijos, que son los que más les interesan. Me temo que esta es la realidad.

*Santiago Velo de Antelo es director de la revista ‘Diplomacia’.


Fonte:La Gaceta